PENSAMIENTOS 29
Señora de Canes
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Ellos la seguían. Quién sabe cómo, ni por qué, pero ni siquiera el frío de la noche helada de invierno, las amenazas, o hasta los ademanes de expulsión que ella les impartía, lograban desistirlos de seguirla, apartarlos o alejarlos de su camino. Trayectoria siempre errante de vereda a vereda, de casa en casa, de esquina a esquina, de canasto a otro montón de basura… Seguro que de no haberse tratado por la soledad de las calles a esas altas horas de la madrugada le hubiera costado la vida, o severa hospitalización de urgencia. Posible feroz embestida del tráfico apurado de hora pico, que no da respiro al osado transeúnte que se atreva a dirigirse así, impune, impropia y tan anacrónicamente. Con esa libre trayectoria impredecible por la vida. Destino seguro: publicación en portada de matutino amarillista. Pero ella desinteresadamente caminaba y ellos la seguían. Quizás sin rumbo alguno. De tanto en tanto se agachaba recolectando cosas de la calle. Cosas que a nadie le importan ni le hacen falta, cosas que todos vemos pero nadie mira, ni se percata de ellas al pasar a su lado y casi pisarlas. Pero, ella las junta, las recoje y las guarda acopiándolas cuidadosa y prolijamente entre sus sacos. Lleva varios, bolsones abultados y todos de tela que seguramente los hace más resistentes. Bolsas que constituyen su tesoro invaluable, que son vigiladas de cerca por sus escoltas, guardianes fieles incansables. Cuadrúpedos dispuestos a todo, menos a abandonarla. Quizás el secreto de semejante obediencia radique en la habilidad del dedo pulgar e índice, que la evolución le cedió para abrir las bolsas de nylon. Desatarlas prolijamente, permitir la inspección y posterior selección de esos restos de alimentos grasos, cargados de calorías. Manjares que de otra manera resultarían inaccesibles para estos canes, ya que sin la prestación de esta distinguida señora, al rasgar el débil polietileno con sus garras terminarían mezclándolo todo. Yerba, tierra, papeles, diarios, cáscaras, pelusas, pañales y hasta pelos y uñas con esos preciados alimentos mudando a una masa heterogénea de basura sobre la fría, sucia y polvorienta acera.
Cual pastora urbana, ella se trasladaba y ellos la seguían.
Desde lejos alcancé a divisarla agachada sobre sus bolsas, fisco que ellos cuidaban. Esperando, rodeándola, concentrados, agachados, agazapados; en postura tétrica de gárgola. Esperando.
No alcancé a escuchar claramente su voz, ni sus órdenes, que entre el frío del invierno, su boca despedía como un hilo junto a la bocanada clásica de humo de aliento de corazón caliente. Pero en esa boca cundía muchas veces la puteada, imaginé, al verse rodeada de impacientes y hambrientas criaturas en busca de un bocado. Porque en un momento los animales se alejaron, pero no demasiado. También imaginé que ella simularía despedirlos por haberme visto acercar, y al darse cuenta de que yo la observaba, intentaba desentenderse de sus acompañantes colegas. Y así aparentar desvincularse de toda relación de dependencia al echarlos. Cruzar apresuradamente a la vereda opuesta por la que yo me acercaba para luego, al encontrarme alejado lo suficiente, retornar al botín; seguida siempre por ellos. Porque para ella quizá sus ropas no sean abrigo suficiente al recostarse y pasar la noche sin otro contacto con otro cuerpo humano caliente. Porque el vino y el pavimento no son buena compañía, a pesar del cartón y los diarios para cobijarse. Porque la soledad es lo único peor que el frío polar en las noches heladas de julio. Porque quizás ya nadie le hable. Porque quizás ya nadie la acompañe o camine junto a ella. Excepto ellos que siempre la siguen, y seguirán a su lado.
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Pensamientos extraídos de lo más profundo de la corteza cerebral del remitente.
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